Nací con la bendición de un nombre ancestral, marca sabiamente heredada por la mente de mis padres y aunque parezca absurdo, en pleno siglo XXI, que una niña de piel morena y cabello Afro, pueda sufrir de discriminación racial, en un país del Caribe, que respira mar y fuego. Pues, sí, es posible. Tardé años en reconocerme Afro con todo lo que implica serlo. En la escuela lo que nos enseñan sobre mestizaje es muy limitado; muy blanco y negro. Se da a entender a una raza como superior y casi "Divina" y a los negros como simples esclavos; los indígenas pasan casi desapercibidos se les pinta como seres sin criterio a punto de ser rescatados por la raza "superior", y con esto no intento establecerme en una posición política ¡No! Por ahí no van los tiros. Lo que quiero es dejar bien clara una de las tantas raíces del problema racial que tanto miedo nos da asumir como latinos.
En mi infancia se puede decir que en teoría fui una
niña feliz, con esa inocencia tan sublime que caracteriza a los primeros años.
Recuerdo con cariño que mis travesuras hacían estragos por donde pisaba, era
realmente "tremenda" como
decimos en mi país; mi gran melena rizada era uno de mis sellos de encanto y
una pequeña pesadilla para que mi madre lograra peinarla cada mañana antes de
ir a la escuela, tanto que en ocasiones mi padre tenía que ayudarla para
lograrlo. Y aquí comienzan las preguntas... ¿Por qué al llegar al colegio
observaba a otras niñas con sus doradas cabelleras al viento y porqué yo tenía
que peinar la mía? Preguntas así me llegaban muy seguido a la mente y comencé a
observar cada día mi entorno... Maestras, alumnas de otros grados, y sí, ¡es
verdad! Existía cierto control general para que las niñas llevaran peinados a
la escuela (Supuestamente para mantener controlada a la plaga de los piojos)
Pero por qué se sentía un énfasis diferente hacia aquellos cuyos cabellos era
muy "largos para un Varón", cómo le ocurrió a mi hermano o hacia una niña de abundantes rizos como los míos. No fue suficiente con la
autoridad de dudosa moral de cada colegio al que asistía, sino que también
llegó el mensaje de odio a los niños y aquí es donde se pone realmente feo.
Llamarme África
y no ser de piel tan oscura como para ser considerada negra en mi país, sino
más bien "Morenita" como me llamaban ciertas maestras, me hacía una
candidata no tan afortunada para el primer lugar en la carrera de insultos y
Bullying, y yo que no reconocía mis raíces fui cayendo en un espiral de dolor. La
niña risueña se fue... los largos rizos se marchitaron; dañé mi cabello con
productos químicos e instrumentos de "belleza" que nos oprimen y
llevan a querer buscar aquello que físicamente no tenemos; comencé a odiar mi
imagen, no entendía mi piel, mis rasgos, que no eran ni tan negros, ni tan
europeos, era una mezcla bastante inusual: Labios, nariz, ojos, cabello... Todo
era diferente a lo que veía en la televisión o en el cine y cuando salía una
negra y me decían: "Mira es África
La Africana" ¡Yo sentía que era realmente algo malo! No entendía ya en
ese punto quien era yo. Ahora miro al pasado y después de tanto daño puedo
reconocerme, a través de mi espejo sanador: El Teatro, de la música que es la
voz de mi alma y del cine que me hizo mirarme de cerca. Poco a poco, fui
recolectando experiencias que me llenaron de amor y ahora soy "la
negra" como me dicen de cariño mis amigos, y lo admito ser
"África, La Negra" es lo más bonito y lo que más me llena de orgullo
cada día.
África Salomé. CARACAS VENEZUELA 2020.

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